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NATURCIENCIA

Antiguo impuesto por tener ventanas dejó vestigios de edificios “ciegos”

Andy Billman es un apasionado de la fotografía, de hecho, su mayor interés y curiosidad se centra en edificaciones y la arquitectura, que van desde lo más moderno, hasta los vestigios  que aún permanecen levantados en las ciudades con más antiguas como Londres.

No pudo evitar fotografiar e indagar sobre ciertos edificios históricos de hace varios siglos atrás, unos muy particulares porque, a pesar de ser edificios de varios pisos, estos no tenían ventanas, eran completamente de ladrillo.

Lo interesante, es que estos edificios estaban hechos para tener unas ventanas altas que dejase pasar la luz y la brisa de sus ventanales que se habría de par en par, posiblemente meciendo apaciblemente una cortina blanca sencilla pero elegante.

Sin embargo, los huecos donde se supone que encontraban, claramente habían sido cubiertos posteriormente por más material de construcción, dándole un aspecto extraño, como si algo le faltara.

El Reino Unido no ha sido el único que ha mostrado esta extraña tendencia de tapar las ventanas, pues también las ha encontrado en algunos sitios de Irlanda y Francia, que simplemente ha reflejado una historia poco contada sobre cómo los gobiernos decidían planificar sus cobros fiscales a la población bajo el contexto de entonces.

Pero, ¿por qué la gente optaba por vivir a oscuras, gastar velas, arriesgarse a un incendio y nunca más sentir la frescura del aire? Simple, para evitar ciertos impuestos por tener ventanas, algo que en la época tenía bastante sentido.

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El gobierno de Guillermo III de Inglaterra que perduró desde 1689 y terminó con su muerte en 1702, trajo consigo una gran devaluación de la economía del país que trató de subsanar con un nuevo impuesto sobre la propiedad.

Y aunque lo más sensato era cobrar tal vez por las dimensiones de la edificación o el terreno donde se encuentra elevado, la renta se cobraba por la cantidad de ventanas que esta poseía, y no es para menos.

 

En la época el contraste entre un pudiente, la clase media y los pobres, no era precisamente las dimensiones de las edificaciones, pues incluso muchas familias pobres podían compartir el espacio en un edificio alto, más bien era por el número de ventanas.

Se consideraba que el más rico poseía una casa propia con un mayor número de ventanas que los menos favorecidos, así que se utilizó este como punto de partida para catalogar, o mejor dicho, discriminar a la ciudadanía sin prueba alguna, solo por la fachada de su casa.

Pero, ¿acaso no era más efectivo indagar las adquisiciones de la ciudadanía como lo hacemos en la actualidad? En absoluto, pues el contexto social en aquel entonces era diferente, donde pasar a revisar las casas o hacerlos declarar era un acto imperdonable que atentaba contra la privacidad de las personas.

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Fácilmente un acaudalado podía pararse frente a las autoridades para quejarse y hacerse respetar si alguien, aunque fuese el gobierno, tratase de husmear en su hogar o su privacidad. Simplemente eran tiempos diferentes.

Por esto, no existía ninguna clase de registro o documentación sobre absolutamente nadie, ni siquiera aquel duque o marqués, o el pobre que vive a las horillas de la ciudad. Ni siquiera era costumbre que un extraño llegara a ultrajar la intimidad de las casas, como los deshollinadores que  se limitaban a limpiar las chimeneas desde la azotea, un servicio vital.

Ha sido por esto que las autoridades tuvieron que trabajar alrededor, con lo que tenían a simple vista y sin tener la necesidad de preguntar nada, y que mejor que catalogar los ingresos de las familias con la cantidad de ventanas que tenían cada casa.

La tasa por casa era fija, se tenía que pagar dos chelines a cualquiera que tuviese una propiedad, pero la cantidad de ventanas determinaba un impuesto que variaba en función al número de estas.

Por ejemplo, las casas que tuviesen entre 10 y 20 ventanas iban a pagar un costo extra de cuatro chelines, a las casas que tuviesen más de 20 ventanas se les agraviaba con 8 chelines más. Una casa de familia acaudalada con más de 20 ventanas terminaba pagando lo que serían en la actualidad unos 78 euros anuales.

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Parecía una cuota que algunas personas podrían manejar sin problemas, pero la economía estaba lejos de mejorar incluso con los nuevos intentos de recuperar el país, provocando subidas a las de este impuesto.

Para 1747, Inglaterra pasaría por otra crisis económica que tuvo que reescribir las reglas del juego, ahora cada casa con 10 a 14 ventabas tenían que pagar seis peniques, mientras que a partir de las 15 ventanas ahora costaba nueve peniques.

Un caso de estudio del impuesto a ventanas realizado recientemente por Wallace Oates y Robert Schwab, reflejó la distribución de numero de ventanas entre 1747 y 1757, donde lo que parecía ser una tendencia favorable posiblemente por el crecimiento de las ciudades, de pronto se desplomó abruptamente.

Esta nueva medida empezó a mostrar lo imperfecta que era, especialmente porque el número de ventanas estaba lejos de reflejar el estatus económico de la población, y es que los condominios en la ciudad para los más pudientes de 500 libras tenían menos ventanas que los edificios de 10 libras en el campo donde vivían apretujados los pobres.

Era claro que la nueva política estaba dando tumbos muy lejos de impartir justicia e igualdad entre los ciudadanos, pues muchos de estos edificios no son grandes mansiones o condominios, algunos eran fábricas, clínicas, tiendas, entre otros, que necesitaban de la vital ventilación de las ventanas, a los que terminaron exceptuando la regla.

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También mostraron cierta flexibilidad en los hogares donde vivían enfermos, pero resultaba que ahora muchas familias bien acaudaladas contaban con huéspedes con salud deplorable que los salvaba de dicho impuesto.

 

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Mientras los impuestos por las ventanas no paraban de subir constantemente, la ciudadanía empezó a sentir que las ventanas no eran tan necesarias después de todo, o al menos eso trataron de convencerse.

La gente simplemente optaba por deshacerse de ventanas, tapiándolas con ladrillo, algunos tratando de mantenerse por debajo del límite, y otros implemente renunciando a ellas en su totalidad, comenzando a vivir en espacios completamente cerrados.

Fue entonces cuando el impuesto comenzó a fracasar, al notar que la recaudación empezaba a disminuir progresivamente conforme los ciudadanos empezaron a renunciar a las ventanas con la esperanza de que el gobierno cediera, pero no fue así.

Las personas tuvieron que vivir con este impuesto más de un siglo más, aparentemente sin tener la capacidad de reestructurar o cambiar los lineamientos de esta recaudación, y eso atraería consecuencias no mucho tiempo después.

Pese a que las ciudades estaban creciendo y las edificaciones aumentaron con optimismo, sector de producción de vidrio enfrentó su peor estancamiento en 1851 que prevaleció durante 40 años ante la ineficiencia del gobierno, pues las nuevas viviendas ya no estaban solicitando materiales para ventanas.

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Desde luego, la gente estaba descontenta y era tema común hablar de cómo les habían “robado la luz y el aire”, considerándose un método de opresión que empujaba a las personas a tener que renunciar de las vitales ventanas, no por tacañería, sino porque el impuesto ya era absurdamente caro.

Pero el momento adverso más importante llegó cuando los ciudadanos empezaron a enfermar en grandes proporciones. Lejos de tener algunos problemas aislados que podían tratarse con un médico, empezó a propagarse más fácilmente enfermedades.

Pronto, se dieron cuenta que la luz y el aire que proporcionaban las ventanas a los espacios, eran vitales para mantener a raya la salubridad, especialmente en aquellos condominios para pobres donde llegaban a vivir varias familias completas en un solo piso.

Algunas de las enfermedades que empezaron a propagarse rápidamente debido a la acumulación de bacterias como la gangrena, disentería y tifus, esta última convirtiéndose en una epidemia en 1781 que enfermó a cientos y mató a varias docenas en Carlisle.

Para poder mitigar esta terrible crisis sanitaria, el personal de salud tuvo que identificar la fuente de contagios. Un doctor logró documentar su proceso de rastreo del brote, y mencionó haberlo encontrado en una casa donde convivían hasta 6 familias de gente pobre.

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El doctor documentó esa casa como un lugar con “olor abrumador y ofensivo, al grado de llegar a ser insoportable”, y que fue el foco donde se propagaron las enfermedades a varios sitios de la ciudad, un brote que les costó la vida a 52 ciudadanos.

Para 1846, finalmente el sector salud calificó el impuesto sobre las ventanas como una amenaza que perjudicaba la salud, la vida y el bienestar de los pobres y la ciudadanía en general. Pero no fue hasta 1851, que finalmente la ley cayó, pero dejó a muchos edificios con ventanas selladas que perduran hasta la actualidad.